¡Cuidado Terapéuta!: Cuando el psicólogo necesita de la psicología




Existen problemas por los que la gente acude a consulta que son livianos, fáciles de solucionar…, pero también existen otros en los que la carga emocional que se experimenta en terapia llega a límites inimaginables, donde los sentimientos se encuentran a flor de piel y la persona lo pasa realmente mal, incluso, cuando se están tratando ciertos traumas, como en el Trastornos de Estrés Postraumático, se busca la vivencia de nuevo (en imaginación, por supuesto) de aquello que ha causado el dolor y el sufrimiento repetidas veces. Pero, ¿sólo sufre el paciente? ¿El terapeuta es un ser impasible que ni siente ni padece? ¿Es posible desligarse del dolor de nuestro cliente? La respuesta es clara, no. Somos humanos antes que psicólogos. 

La capacidad de empatía que se presupone a un psicólogo puede tener muchas ventajas, como por ejemplo, sirve para establecer un buen contacto con el paciente (hecho clave para llevar a cabo una intervención psicológica), puede ser útil para comprender sus situación, conectar emocionalmente para que la persona se sienta acompañada… pero, como es obvio, también tiene su parte negativa, ya que hace que el terapeuta quede desprovisto de toda coraza y experimente muchos de esos sentimientos en su propia piel. De hecho, gracias al descubrimiento de un tipo especial de neuronas, las Neuronas Espejo, todo esto no queda en una mera discusión teórica sobre si un terapeuta debe o no debe empatizar, sino que todo ser humano está dotado de estas neuronas que hacen que empatices, en mayor o menor grado dependiendo la persona, aunque no quieras, ya que las neuronas espejo se activan en nuestro cerebro cuando se observa el estado emocional de otras personas y hace que sintamos lo mismo que ellas. 

Por tanto, cuando se están tratando temas sensibles o la activación emocional en consulta es elevada, el terapeuta, ya que es quien debe ayudar a la persona y mantenerse firme emocionalmente, debe tener en cuenta ciertos asuntos a la hora de tratar con temas delicados. Primero, y lo más importante, debe poner en perspectiva aquello que el cliente está contando; además, debe tener claro que el dolor que esa persona experimenta, y está experimentando delante de sí, no es causa del psicólogo por querer tratar esos asuntos, sino que es por aquello que vivió o padeció la persona que sigue atormentándola. El terapeuta sólo quiere ayudar y mejorar ese estado, aunque para ello sea necesario volver sobre el dolor, por mucho que sea odioso e insufrible. 

Unas técnicas útiles son, por ejemplo, saber poner límites entre tú y tu cliente, sintiendo esa implicación emocional, pero sabiendo donde acaban tus sentimientos y empiezan los de la otra persona. Por otro lado, es muy útil imaginar al paciente ya recuperado y haciendo vida normal, lo cual puede ayudar además como objetivo a cumplir. Y, por último, entre otras técnicas posibles, dejar tiempos de “descanso” entre paciente y paciente, para reflexionar, serenarse… y no cargar al siguiente con problemas y sentimientos del anterior. 

Como reflexión final, el terapeuta debe tener en cuenta la transferencia (término psicoanalítico muy apropiado que no quiere decir otra cosa que todas aquellas emociones y pensamientos que le surgen al psicólogo al tratar con un cliente) que recibe de su cliente, empaparse de ella, pero teniendo en cuenta que él está ahí para ayudar, hacer que la persona mejore todo lo posible y que pueda desenvolverse en el mundo de una forma adaptada; en definitiva, hacer que la persona/cliente/paciente experimente un sentimiento subjetivo de calidad de vida. 

C. J. Sánchez-Gil


Referencia de Interés:
Vallejo, M. A. (1998). Manual de terapia de conducta. Madrid: Dykinson2.
(CAPÍTULO 11: TRASTORNO DE ESTRÉS POST TRAUMÁTICO)

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