¡Se Acabó, Me Rindo!

Ilustración del Burnout, el síndrome del trabajador quemado

 Cuando vamos a los ambulatorios, colegios, hacienda… es fácil encontrarnos con la típica persona apática, sin tacto alguno.

 Ahora bien, pongámonos en su situación: llegamos el primer día con mil expectativas y toda nuestra ilusión por las nubes, tras una larga carrera, un arduo master o esas duras oposiciones. Pero, al fin, llegamos a ese primer trabajo, el que nos permitirá dar un “paso de gigante” en nuestras vidas, dejando el mundo estudiantil atrás para adentrarnos en el mundo laboral.

 Entonces comenzamos a trabajar, empleamos nuestro esfuerzo y ganas, pero no recibimos gratificación ni reconocimiento alguno. Y, para colmo, cada vez más exigencias, por parte de compañeros veteranos, superiores, clientes… Recibimos cada día tanto estrés que llegamos a un punto y final donde decidimos, finalmente, arrojar la toalla. “Me compensa más vivir sin estrés” –pensamos.

 Sin embargo, lo que no esperábamos es que esto nos llevará a ver cómo nuestras expectativas se desmoronan o, incluso, rechazamos a perseguir nuestro sueño por un puesto de trabajo fijo. Evitamos cualquier discusión, cualquier conflicto y, finalmente, hacemos lo mínimo para no ser despedido: “Total, para que me paguen lo mismo… además, tampoco es que sea muy fácil encontrar empleo, por lo que no me apetece buscar un nuevo trabajo, y el mercado laboral, más que un mundo de oportunidades, parece un infierno”.

 Por tanto, y poniéndome un poco poético, nuestra idea de que vamos a ser valorado por los pacientes a los que curamos, ayudar a mis compañeros con el “papeleo” o atender a los clientes en nombre de nuestra empresa se convierte en sentimientos de agotamiento, decepción, pérdida de interés por nuestro trabajo y, prácticamente, deshumanización, en pocas palabras: nos convertimos en máquinas.
Aunque claro, es muy fácil juzgar desde fuera. Cuando la calidad del servicio no es la esperada, protestamos, reclamamos y, si hace falta, denunciamos, pero deberíamos tener en cuenta también que delante tenemos a una persona, con problemas de índole personal o laboral. Quizás, en vez de protestar por un insignificante error, ¿no sería mejor decir un simple “no importa” o dar las gracias? Quién sabe si podríamos alegrarle el día, y así, incluso podríamos ayudarle a recobrar esa fe perdida.

 A modo de recomendación final, si aquel camarero, enfermero o cajero está muy acelerado, no sabemos si está teniendo un mal día, una mala racha o una mala vida: ¡No le hostiguemos más!

David A. Escaño-Báez

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