Si me da miedo, ¿por qué me tengo que enfrentar a ello?


  ¿Quién no tiene miedo? ¿Quién no teme las tormentas, los relámpagos? ¿A quién no le dan miedo las alturas? ¿Quién no comienza a gritar como un bebé cuando una cucaracha se planta delante de sus narices y decide molestarle un rato? Existen tantos miedos como objetos, personas y situaciones con las que podamos interactuar en nuestro día a día. Sin ir más lejos, yo mismo tengo un miedo atroz a cualquier insecto que se precie, por muy bonito o “mono” que sea, como pueda ser una mariposa. Pero, señor psicólogos, ¿alguna solución habrá a esto no? ¿Algo podremos hacer para acabar con nuestra agonía? Tranquilos (o no…), sí que la hay. Existe una solución. Eficaz a más no poder, pero… ¡no es agradable! 

  ¿Y cuál es esa solución, señor Psicólogo? Queridos míos, aunque parezca de perogrullo, aunque parezca una obviedad tan grande como un templo, la mejor forma de enfrentar nuestro problema es exponiéndonos al mismo, acercándonos lo máximo posible a nuestro miedo más atroz hasta que la ansiedad que sentimos decaiga significativamente. Parece cruel, en cierto modo lo es, pero así es la vida. ¡El que algo quiere, algo le cuesta! 

  Pero, ¿qué garantías hay de que esto funciona? Es más, ¿por qué funciona? A la primera pregunta os podría contestar simplemente dando millones de referencias a artículos y libros científicos que, sinceramente, no hacen otra cosa que ensalzar esta técnica psicológica. Mejor centrémonos en la segunda pregunta: ¿Por qué funciona el enfrentarnos cara a cara con nuestro miedo? Para explicar esta casuística, se puede hacer desde diversas hipótesis, las cuales hay que dejar claro que no son excluyentes, es decir, que se pueden dar todas las explicaciones combinadas entre sí en una misma persona o paciente. 
   
  La primera y más simple de las hipótesis es la HABITUACIÓN, es decir, al enfrentarnos a nuestro problema, al mirarle a los ojos y poner toda la carne en el asador, se consigue una especie de familiarización con el objeto temido lo que hace que, cuando estamos frente a él, las sensaciones desagradables que nos produce cada vez sean más y más pequeñas. Es una hipótesis directa, clara y sencilla. Compliquemos un poco más el asunto.

  La siguiente hipótesis que vamos a tratar es la de la EXTINCIÓN. Cuando tememos algo, ¿qué solemos hacer? Venga, sé sincero… sí… ¡Vamos, contesta! ¡Sí, exacto! ¡LO EVITAMOS O HUIMOS DE ÉL TAN RÁPIDO COMO NOS DEJAN LAS PIERNAS! Pero, lo que nadie sabe es que, al evitar el problema, al salir huyendo como alma que lleva el diablo, no estamos enfrentándonos a nuestro problema, no dejamos que la ansiedad que nos produce el objeto temido desaparezca, por lo que la mejor solución es la que estás pensando, mantenerse firme en la situación, pasándolo mal, para vivir mejor. Como vemos, estas dos primeras hipótesis, Habituación y Extinción, son totalmente complementarias.  

  Además de estas dos posibles explicaciones, existen otros factores que influyen a la hora de enfrentarnos a un objeto temido. Hay personas que son capaces de aguantar delante del objeto, pero no se están exponiendo a él del todo debido a factores externos a ella que le hacen estar en la situación con un nivel menor de ansiedad que, si se les fuera retirado, no podrían estar delante del objeto temido. A estos “ángeles de la guarda” para nada recomendables los llamamos “Señales de Seguridad”, por ejemplo, aquel hombre que le dan miedo los ascensores y, si va solo, jamás se montaría en uno, pero si va con su pareja es capaz de soportar la situación, con bastante ansiedad, ¡sí!, pero la soporta. Estas “señales de seguridad”, como podéis imaginar, no son para nada recomendables y hay que evitarlas, aunque no tanto al principio, sino sobre todo cuando la exposición avanza, a toda costa.  

  Independientemente, y de forma más que relacionada, aunque parezca paradójico, existen factores más cognitivos (mentales), como puede ser el CONTROL PERCIBIDO ANTES LA SITUACIÓN, es decir, ¿tengo yo los suficientes galones y tengo la situación controlada como para quedarme con mi objeto temido? Este factor es un determinante clave a evaluar en cualquier persona con un miedo/fobia. 

  Como conclusión, se intuye el por qué funciona la exposición, pero más que eso se sabe que funciona, lo cual es una garantía de que si nos mantenemos firmes lo conseguiremos y dejaremos atrás nuestro miedo. Tras escribir esto no me queda otra que irme al jardín a ver si encuentro alguna mariposa que se pose en mi hombro y me cuente algún cuento bonito. ¡Si muero, recordadme como el héroe que fui! 
 
Carlos J. Sánchez-Gil

Comentarios

Entradas populares de este blog

La Historia del Algarrobo: Cuando la Personalidad es Peligrosa